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CANARIAS VISTA POR LOS EUROPEOS EN EL SIGLO XVIII

Aunque ya el Archipiélago había sido objeto de curiosidad científica en siglos anteriores, fue en esta centuria cuando Canarias se convirtió en campo de observación y centro de curiosidad para casi todos los viajeros y naturalistas que recorrían el mundo desde Europa. Estos viajes se hacían por motivos culturales y políticos, y obedecían a las aspiraciones colonialistas de sus naciones. En cualquier caso, el movimiento ilustrado del siglo fomentaba todo este tipo de viajes y expediciones científicas a través de las sociedades Geográficas y Sociedades Económicas de Amigos del País.

Canarias, y sobre todo Tenerife, al menos en este siglo, era casi paso obligado en las rutas oceánicas con destino a Las Indias Orientales (Oceanía) o a las Occidentales (América), por razón de su situación geográfica en medio de las corrientes y vientos en dirección al Sur y al Oeste. Los países europeos que más promovían este tipo de viajes científicos y exploratorios eran Francia, Alemania, Suecia, Inglaterra y, en menor medida, Italia y España.

Francia, en este siglo, promovió numerosos viajes de exploración respaldados por reyes como Luís XIV y sucesores. Veamos algunos de los más interesantes, por su relación directa con las Islas Canarias.

Fue L. Feuillée, célebre astrónomo y naturalista francés, quien en 1724, por primera vez vino a Canarias con el objetivo de determinar con más exactitud el Meridiano Cero en El Hierro, en relación a las coordenadas de París, bajo el patrocinio de la Academia de las Ciencias de aquella capital. Desembarcó en Santa Cruz de Tenerife y residió durante su estancia en Tenerife en la casa de Porlier en La Laguna, a la sazón cónsul de Francia y conocido ilustrado de esta ciudad.    

Durante su permanencia en Tenerife, tal y como relata en sus memorias de viaje, hace otras averiguaciones cartográficas como la medición de la altitud del Teide, trabajo que realizó junto a otros compañeros de viaje. La altura calculada por ellos estaba por encima de la real, como  más tarde demostraría Humboldt. Aún después de Humboldt, la altura del Teide seguía siendo tema de discusión, y hasta épocas relativamente recientes los manuales al uso no se ponían de acuerdo sobre la exacta altura del Teide.

Feuillée, después de los preparativos en Tenerife, viajó a El Hierro, donde determinó más exactamente las coordenadas geográficas de la Isla en relación a París, objetivo prioritario del viaje. De su viaje sabemos que tocó también en La Palma, La Gomera e hizo estudios sobre las plantas y fauna canarias. La referencia al Meridiano Cero de El Hierro estuvo vigente, hasta que en el siglo XIX la línea imaginaria pasó finalmente a Londres (Greenwich). Por lo que se refiere a las coordenadas geográficas de las Islas, fue en este siglo cuando se hicieron grandes avances. Así, por ejemplo, en 1769 otro cartógrafo francés, Claret de Fleurieu, en una expedición náutica, calculó las coordenadas de las Canarias en longitud y latitud, dejando escritas unas memorias sobre su estancia en Tenerife, incluida la tradicional excursión al Teide.

Por  la zona del Faro de Orchilla, en la Isla de El Hierro, pasaba el  Meridiano Cero, hasta que a finales del siglo XIX, esta línea imaginaria se estableció en Greenwich. (PTEH)

Otros viajeros famosos, en sus rutas alrededor del mundo, pasaron por Tenerife en este siglo, entre los que podemos destacar a Bougainville, el Capitán Cook y la Perouse.

Bougainville apenas hace alusión a las Canarias, aunque pasó por aquí en su famosa ruta alrededor del mundo, pero el capitán Cook en sus tres viajes por el mundo hizo escala en Tenerife, si bien fue en su tercer viaje, en 1776, a bordo de la fragata Resolution, cuando permaneció varios días en Santa Cruz para suministrarse y continuar el viaje. En su diario, el famoso capitán recomienda este puerto como escala a los barcos británicos, cosa que harán a lo largo de la historia.

La Perouse fue otro famoso navegante francés, que realizó algo más tarde un viaje alrededor del mundo e hizo escala en Santa Cruz, con el fin de cargar vino, pues -según cuenta- el vino de Tenerife le resultaba más barato que el de Madeira. Había empezado ya la competencia entre ambas islas. Durante su estancia en la isla, varios científicos de la expedición hicieron la típica excursión al Teide, dejando constancia de sus observaciones.

Es curioso resaltar la escala que hizo en Santa Cruz (1787) la famosa fragata inglesa “La Bounty”, la cual salió de Inglaterra con el fin de recolectar y llevar la planta del árbol del pan desde Tahití hasta Las Antillas Inglesas, para alimentar de forma barata a los esclavos negros de las plantaciones. Estuvo de arribada en Santa Cruz para suministrarse y reparar desperfectos, mientras algunos oficiales bajaron a tierra e hicieron excursiones, dejando anotaciones sobre la isla en el libro de bitácora. Sabido es que ya en el Pacífico, la nave sufrió un motín encabezado por el primer oficial, abandonando al capitán y un grupo de marinos leales en un bote a merced de la mar. Por suerte, sobrevivieron y contaron lo ocurrido.

Las impresiones proporcionadas por todos estos viajeros referentes a las Canarias nos llevan a interpretar que para ellos estas islas eran vírgenes, exóticas, teniendo en cuenta la proximidad a Europa. Tenían también, según ellos, la originalidad de su pasado prehistórico guanche y su flora autóctona. Muchos de esos viajeros ven una similitud de Canarias con otras regiones españolas, desde el punto de vista sociológico, pero destacan los rasgos distintivos de una población aborigen aún perdurable en su tiempo, según ellos.

Resaltan también, en esto casi todos coinciden, las grandes diferencias sociales entre una minoría rica, que vive a la europea, y el pueblo, en su mayoría campesinos, que vive en la más profunda miseria, sin par en otros países europeos por donde han viajado. En el campo, era corriente comer gofio de helechos en época de hambrunas y en las ciudades con puerto (Santa Cruz de Tenerife, por ejemplo) les llama la atención el número de prostitutas y gente vagabunda a la espera de la arribada de barcos.

Otro punto de interés que tenían los navegantes británicos para hacer escala en Santa Cruz, aparte del vino y los suministros frescos para luchar contra el escorbuto y la disentería, era comprar destiladeras de piedra volcánica, hechas con mucho arte y en todos los tamaños, para filtrar el agua de consumo individual. El agua después de mucho tiempo a bordo se corrompía, lo cual producía enfermedades y a veces la muerte, pero, si la hacían filtrar por las destiladeras canarias, se aseguraban su potabilidad.



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